Nosotros somos esa isla

(2017, República Dominicana).

Dirigida por Carilda Magallanes.

Nosotros somos esa isla es simultáneamente dos películas: una es una historia de amor con sabor caribeño que está narrada en la voz en off de Óscar, un cubano entregado al nihilismo cuya novia lo presiona constantemente para que se decida a irse de la isla con ella y cuyo tono derrotista le aporta a la película constantes remates humorosos que aligeran situaciones que de lo contrario resultarían francamente desoladoras.

Nidia es una biotecnóloga encantadora con un sentido del humor ñoño que vive enamorada de ese Oscar, un escritor con cierto grado de reconocimiento que trabaja en un periódico y que sería completamente feliz si no fuera por la irrenunciable determinación de su novia de irse del país. El de Nidia y Oscar es entonces un conflicto sin villanos, en el que al espectador le resulta imposible tomar partido porque los dos personajes son entrañables, los dos están enamorados hasta la médula y es la realidad política la que parece empecinada en separar a una pareja que de lo contrario sería perfecta.

La segunda película empieza más o menos a la mitad, cuando el espectador avezado descubre que la película no está ocurriendo en realidad en La Habana, sino en Santo Domingo, que los protagonistas no son cubanos sino dominicanos y que todas las críticas al modelo cubano, que son ciertas y aplican perfectamente a la realidad cubana, le calzan también perfectamente a la República Dominicana a pesar de que tienen sistemas económicos completamente distintos. Es entonces que cobra sentido el título de la película, Nosotros somos esa isla, y se revela el verdadero y poderoso mensaje de Carilda Magallanes: que el problema de Latinoamérica no está en a qué lado del espectro político se sitúe un país u otro, sino en la manera misma en que se maneja la política, y que esos malos manejos, independientemente de la ideología, acaban configurando realidades en las que las personas tienen muy pocas oportunidades de hacer realidad sus sueños, aun los más inocentes y sencillos.

En el punto climático de la película vemos a una Nidia que, desesperada por las constantes frustraciones y por la desidia de Oscar, decide irse a la frontera y cruzar al otro lado. Ahí es cuando nos enteramos que a donde ha querido migrar todo este tiempo no es a Estados Unidos, sino a Haití, porque en el mundo alternativo de la película, Haití no es el país más pobre del continente, sino una potencia económica y cultural y la frontera entre los dos países está dividida por un muro muy parecido al que hay entre México y Estados Unidos. Ese muro se convierte en el escenario perfecto para un desenlace sumamente emotivo y bien logrado que evoca las mejores películas que se hicieron en su momento sobre el muro de Berlín.


Aun con todos estos dardos cargados de simbolismo, sería fácil que un espectador distraído no se dé cuenta de la carga metafórica y el mensaje político y salga del cine pensando que vio una comedia romántica muy entretenida, con un toque inusual de realismo por el tema de la migración. Muchos de los detalles que revelan el verdadero sentido de la película son muy sutiles y fáciles de pasar por alto, como el hecho de que todas las marcas comerciales que aparecen en las escenas no son las marcas norteamericanas que conocemos, sino un equivalente ficticio haitiano y que los personajes hablan español con galicismos por la influencia cultural de Haití.