[Este artículo se publicó originalmente en la Revista Marvin]

A Criolo lo suelen explicar diciendo que es un rapero paulista pero eso más que aclarar confunde, porque la mayor parte del tiempo canta, no rapea. En el disco que lo puso en boca de todo Brasil hay canciones que parecen de esas baladas llenas de reverb de los Ángeles Negros, canciones que parecen acompañadas por la banda de Femi Kuti y canciones que parecen musicalizadas por Gorillaz y cantadas por Jorge Ben. Hay por ahí hasta un reggae impecablemente antillano, algo que no suele salirle bien a los brasileños.

 

Pero no siempre fue así. Su primer disco, Ainda há tempo (Aún hay tiempo) era un disco estrictamente de rap, y él era conocido en São Paulo por haber fundado unas competencias itinerantes de raperos, las Rinhas dos MCs, que se volvieron una tradición que todavía perdura. Para explicar el salto un disco a otro él cuenta que antes de hacer el segundo disco algo le empezó a hacer presión desde adentro. “Me cuestioné si debería seguir subiéndome al escenario. Si mi construcción de texto, de ideas todavía podría evolucionar. Si no tendría otras formas de contribuir.”

 

La metamorfosis fue brutal y el disco siguiente, Nó na orelha (Nudo en la oreja) más que obra de un solo músico parece una recopilación de varios artistas. Y si la música parecería negar que es un disco de rap, oír a Criolo hablar confunde aún más, porque el tipo habla con una voz dulcísima y modales corteses y cuando le preguntan por su osadía de haber dejado de rapear responde cosas como:

Yo no sé si soy osado. Sólo me estoy permitiendo hacer lo que me pide el corazón… y que mi amá y mi apá escuchen canciones del género que les gusta. Los MC también tenemos papá y mamá, ¿sabes?

Por eso es difícil conformarse con la explicación de que es un rapero paulista. Aunque esa definición podría servirnos si tomamos paulista no como gentilicio, sino como adjetivo, porque São Paulo, como el DF, es un monstruo de esos que no es en realidad una ciudad, sino un millón de ciudades aglomeradas en un pedazo del mundo. Una megalópolis tan hijueputamente grande que alberga cualquier historia, o mejor, todas las historias. Algo paulista entonces podría ser algo diverso, impredecible, cargado de sucesos. Y sí, “el MC en el escenario es tan solo la punta de un iceberg”, dice Criolo. Detrás del rapero, por debajo de él, hay un montón de historias que sostienen al cronista, que es lo mismo que decir al rapero. Siendo así, el que rapee o no rapee es lo de menos, Criolo es un rapero porque es un cronista de su entorno y es paulista no por haber nacido en São Paulo, sino porque tiene el mismo espíritu irreprimible de su ciudad.

 

Pero para que esto se entienda bien, antes de hablar del cronista tenemos que hablar de ese entorno, de la incontenible São Paulo.

 

São Paulo es toda desmesura, una exageración constante. Es una de esas ciudades que parece no tener fin y en la que todo lo que pasa pasa en exceso. En São Paulo, por ejemplo, está el PCC, el Primeiro Comando da Capital. Según el gobierno, el PCC es la organización criminal más grande del país. Según el mismo PCC, son un “partido” de presos que se unieron para luchar contra las injusticias en las cárceles. El PCC reúne a alrededor de trece mil miembros, seis mil de los cuales siguen en prisión y tienen tal nivel de organización que cada vez que hacen una demostración de fuerza paralizan al Brasil entero. En febrero de 2001 coordinaron con celulares su primera mega rebelión y lograron armar motines simultáneos en 29 prisiones del estado de São Paulo. Luego en mayo de 2006 organizaron la mayor ola de ataques contra las fuerzas policiales que se ha hecho en Brasil y durante los tres días en que tuvieron a todo el país en vilo mucha gente ni siquiera se atrevía a ir a trabajar.

Para complementar esos excesos, São Paulo ofrece los excesos de la sofisticación. Es ahí donde está el mejor restaurante de América Latina, el D.O.M., que es considerado también el séptimo mejor restaurante del mundo. Su éxito ha consistido en que su chef, Alex Atala, no se resignó a aceptar que los sabores de las frutas y las plantas de su país, que eran desconocidos para el resto del mundo, fueran indignos de ser servidos como alta cocina. “La gastronomía brasileña es un sueño viable”, dice elegantemente en su site. Tan viable resultó, que este año que su restaurante quedó en 7º lugar, él fue elegido por el resto de los chefs de la lista como el mejor chef del mundo.

 

Pero si Criolo habla con esa dulzura que no es de presidio y nos trae unas historias terrenales que nada tienen que ver con los círculos del glamur paulistano, es porque su origen tiene más que ver con Grajaú, el distrito de la ciudad en el que creció, que con esos ámbitos. Grajaú originalmente fue una región paradisíaca de manantiales que con la urbanización desorganizada fue transformándose hasta convertirse en lo que en chilango podríamos llamar una mezcla de Milpa Alta e Iztapalapa, es decir, un distrito casi periférico de la ciudad que mezcla el subdesarrollo rural con los aspectos más precarios de la vida urbana. No es, ciertamente, el lugar más peligroso de São Paulo, pero por su mismo carácter de periferia casi rural, sí uno de los más desiguales. A Grajaú llegaron los padres de Criolo desde Ceará, en el noreste de Brasil, donde los bisabuelos del rapero fueron esclavos de holandeses. El papá es un obrero metalúrgico que Criolo describe como “un negrazo lindo, un diamante negro”. La mamá, dona Vilani, es una educadora que fue abandonada por su madre cuando era pequeña y quedó finalmente huérfana a los 8 años cuando su padre murió. Ahí pasó a vivir con su hermano mayor, donde le tocó hacerse cargo de cuidar a los niños de la casa, lo cual impidió que la metieran a la escuela. Pero Vilani había quedado enamorada de las historias que su padre le leía cuando era más pequeña, así que a punta de obstinación acabó por enseñarse a leer solita. Se casó, se mudó para São Paulo y cuando fue a inscribir en la escuela a Kleber, que es el nombre de pila de Criolo, decidió inscribirse ella también. Le agarró tanto gusto a la escuela que acabó por obtener una licenciatura en Filosofía y se volvió profesora. Una profesora autoalfabetizada que critica que cuando la gente dice que los problemas de Brasil vienen de la educación nadie se toma la molestia de aclarar que el problema no es la calidad de la educación, sino su enfoque: “Es muy fácil echarle la culpa a la escuela, pero nadie quiere enseñar que el conocimiento no sirve para ganar dinero. Sirve para hacernos humanos”.

En esa sensibilidad de la mamá está la clave que explica a Criolo. Tan es así que antes de fundar las batallas de raperos, antes de hacer discos, mucho antes de las entrevistas, Kleber, todavía no Criolo, trabajó doce años como educador con niños de la calle. Esa labor, cuenta, muchas veces ni siquiera involucraba darles clase, sino apenas establecer el primer contacto y tratar de entender su circunstancia, “crear una relación para poder preguntar si el muchacho necesitaba darse un baño... comer... si quería cambiarse de ropa. Sin ofender, descubrir si sabía dónde estaba su familia. Y darle seguimiento. Descubrir por qué ese niño estaba en la calle. Si la familia tenía la estructura para recibirlo de vuelta. Muchas veces no la tenían”.

Ya después organizaría las Rinhas dos MCs,  que además de las batallas de raperos incluían manifestaciones artísticas como ajedrez, exposiciones, grafiti y que acabarían por expandirse a otros puntos de Brasil y ser consideradas un clásico entre los eventos de la escena del hip hop. Después vendría ese primer disco y un par de años después le llegaría la crisis que lo hizo cuestionarse si ya estaba agotado o si aún podría encontrar alguna forma de expresión que lo dejara más tranquilo, aunque no necesariamente involucrara subirse a un escenario.

 

Platicando de sus dudas con sus amigos le contó a los administradores de la Matilha Cultural, (en español, la Jauría cultural), un centro cultural independiente de São Paulo, que estaba pensando dejar el escenario. Ellos, aterrados, decidieron impedirlo. Armaron un plan que involucraba juntar a Criolo con Marcelo Cabral y Daniel Ganjaman. Cabral es un músico reconocido con tanto talento que tiene desde bandas de música tradicional brasileña hasta grupos de un jazz abstracto infumable. Ganjaman es un ingeniero de sonido y de grabación que había colaborado bastante con Planet Hemp y que además fue productor de Otto, uno de los músicos más interesantes de la ola de la nueva música brasileña. Sin un centavo, a punta de buena voluntad y de colaboraciones de amigos músicos, entre los tres hicieron Nó na orelha, el disco fabuloso de rap donde casi no se rapea y que pusieron en internet para que la gente lo descargara gratuitamente. Con eso llegó la fama y el reconocimiento, pero aún hoy que es considerado uno de los mejores raperos de su país, Criolo sigue siendo el bisnieto de esclavos, hijo de Vilani, que en las tardes va a la roda de samba a cantar con los sambistas de su barrio, Grajaú.

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Las citas de Criolo y dona Vilani fueron tomadas de:

1)http://ultimosegundo.ig.com.br/cultura/musica/criolo+doido+une+o+rap+a+samba+soul+bolero+e+romantismo/n1300092662617.html
2) http://revistatrip.uol.com.br/revista/203/paginas-negras/criolo.html