[Este artículo se publicó originalmente en Cuartoscuro con el título «Fotografías para borrar el cliché de Japón»]
 

Afuera de Asia, el cliché nos dice que Japón es un lugar donde todo es extraño, que los japoneses son como de otro planeta y que su lógica es indescifrable. Japón, nos dicen una y otra vez las obras de los artistas y los estudiosos de occidente, se nos pierde en la traducción.


Tratando de encontrar un lenguaje que nos permitiera a los latinoamericanos ver lo

fácil que es comprender al Japón, pensé en contarlo en clave nipona-americana. A mucha gente le sorprende enterarse del dato, pero la mayor comunidad de japoneses fuera de Japón está en Brasil. La segunda más grande de América Latina está en Perú.


En México la comunidad japonesa es tan pequeña, que eso les ha permitido mantener una cohesión distinta a la que tienen en esos dos países. Partiendo de esa base, en agosto de 2018 propuse una exposición que haría que tres fotógrafos latinoamericanos descendientes de japoneses viajaran a Japón para explorar la japonesidad.


Contada así, tal vez podríamos presentarle el Japón a los japoneses con códigos que puedan reconocer pero que al mismo tiempo les resulten nuevos, y nosotros lo veríamos en un idioma que podamos entender, pero que a la vez nos acerque el sentido japonés real de las cosa sin la distorsión de los intermediarios.
 

Los elegidos fueron Marcio Takeda, de 25 años edad, un fotoperiodista de São Paulo que hace foto digital de calle. Fotos llenas de color, con un interés marcado por la gente y sus celebraciones; Luis Okamoto, de 55 años, un notario público limeño que hace Polaroids de arquitectura en las que casi nunca se ven personas y que lleva 30 años practicando la fotografía con una devoción que le devuelve el sentido original a la palabra amateur; y la mexicana Taeko Nomiya, una diseñadora industrial para quien la foto es un acto tan natural que no se resigna a aceptar que exista la profesión de fotógrafo, porque para ella la fotografía es uno de los componentes básicos de la vida humana, entonces todos deberíamos fotografiar para comunicarnos. Sus fotos son dobles exposiciones con una capacidad de síntesis tremenda que muestran simultáneamente algún espacio físico y de qué se trata la esencia de ese espacio.
 

Después de un año de gestiones, los tres fotógrafos llegaron a Tokio a principios de agosto y el proceso de capturar las imágenes de la exposición ha estado lleno de sorpresas: para Luis Okamoto, a pesar de tener un gran orgullo por su origen japonés, esta era la primera vez que viajaba al país del que emigraron sus abuelos.

En las fotos de Luis en Perú predominaban los detalles de sitios arqueológicos y yo siempre pensé que al llegar a Tokio se iba a enfocar en los templos y las casas tradicionales de madera, pero Luis quedó cautivado por la arquitectura futurista de la ciudad y ha estado tomando mayoritariamente fotos de edificios modernos. Esto, curiosamente, confirma una cosa que él me había dicho muy al principio cuando lo contacté para que participara en la exposición: para él el Perú antiguo y el Japón moderno son dos versiones de una misma forma de percibir el mundo, de una misma sensibilidad. Yo había olvidado por completo la frase hasta que vi sus fotos de estos días y vi que esas fotos dibujan una línea punteada que en verdad une a los dos países.
 

Con Marcio también pasó algo interesante: él es hijo de un japonés y una brasileña. Cuando su papá llegó al Brasil lo encontró tan distinto a su propio país que hizo lo que a veces hacen algunos inmigrantes para tratar de insertarse en un mundo nuevo: dejó de hablar su idioma, de cocinar la comida de su país y trató de llevar la vida como un brasileño más.
 

Esto ha hecho que para Marcio el Japón sea una especie de evocación más que una realidad palpable y que viva siempre tratando de devorar todo lo que tenga una dosis mínima de Japón. Por esa avidez yo pensé que una vez en Tokio Marcio se iba a sumergir de lleno en la japonesidad, pero ya a nivel de piso le ganó el olfato natural por la diversidad que tienen los brasileños y se ha descubierto haciendo muchas fotos de inmigrantes: usbekos, nepalíes, los asiáticos morenos de distintos países. Además de eso, en vez de dejarse deslumbrar por los aspectos exotistas que suelen acaparar las miradas, Marcio ha estado haciendo retratos de japoneses que rara vez vemos fotografiados; los conductores de Metro, bomberos, albañiles, los recolectores de basura. En sus fotos no están los otaku, los salary-man o el cruce de Shibuya de toda la vida, sino personajes que en otros países suelen fotografiarse hasta el cansancio, pero que en Japón siempre quedan fuera del cuadro.
 

Y Taeko, a pesar de que es la única de los tres que sí había venido a Japón, que habla el idioma, y que siempre vivió una vida japonesa -aun habiendo nacido y crecido en México- en sus fotos de Tokio siempre hubo esa distancia como del que va a un lugar a admirarlo, como de alguien que queda deslumbrado por la grandilocuencia tokiota.
 

Haber venido esta vez con la intención de contarle de Japón a otras personas la ha hecho fotografiar la ciudad desde una mayor intimidad. Sus fotos en este viaje muestran muchos retratos de cerca, lugares no reconocibles, propios, escenas contadas en clave personal.

Las personas japonesas que han visto la preselección de las fotos para la exposición hacen muchas preguntas biográficas sobre los tres. Varias personas se han sorprendido de la edad de Luis Okamoto, porque dicen que tiene una mirada joven, como de las nuevas generaciones. Los estilos de Marcio y Taeko les resultan más naturales porque dicen que tienen eso, esa forma distinta de ver que tienen ahora los jóvenes.

Traduciendo esas conclusiones, me parece, lo que está siendo interpretado como juventud es en realidad frescura: una mirada nueva en un código que les resulta comprensible desde el primer acercamiento. Es un buen auspicio, y parece sugerir que la exposición podría lograr el objetivo que nos propusimos: hacer que Japón deje de perderse en la traducción.